Tengo un sobrino de dos años; me
gusta verlo emocionarse por las cosas más simples: una pelota que rebota,
burbujas de jabón, las luces de sus carros de juguete. Suena a lugar común, lo
sé, pero la infancia es una etapa maravillosa. Y si hay una película que
retrata a la infancia de una manera magistral es Mi vecino Totoro (1988), del creador japonés Hayao Miyazaki.
Mi vecino Totoro trata de las aventuras de Mei y Satsuki, de cuatro y once años
respectivamente, quienes junto con su
padre se mudan a una zona rural cerca de Tokyo. Conforme avanza la historia nos
enteramos de que su madre está hospitalizada cerca de ahí. Es precisamente esta
ausencia de la madre la que los obliga a adaptarse a una nueva vida en su nueva
casa; el padre tendrá que hacerse cargo de sus hijas y éstas tendrán que
adquirir responsabilidades para ayudar en las tareas diarias de la casa. Todo
sería normal a no ser de su peculiar vecino, Totoro, un espíritu del bosque, y
los Totoros pequeños que lo acompañan.
La historia es bastante simple
–comparada con las otras obras del autor- pues es tan sólo el retrato del día a
día de esta familia, de su cotidianeidad; pero a pesar de esto se muestra una complejidad como la infancia
misma. Aquí no pasa nada, pero pasa todo. Es como si la historia se dirigiese a
un punto dramático, como la calma que precede a la tormenta. Esto se percibe
por ejemplo cuando llega un telegrama urgente del hospital, donde pensamos que
quizá la madre empeoró o incluso murió; o cuando Mei se pierde y existe la
posibilidad de que se cayera al río. Pero después no pasa nada, las cosas salen bien al
final de cuentas y los personajes
continúan con sus rutinas.
¿Entonces en qué radica la
complejidad de la historia?
Miyazaki entiende a la niñez como
ningún otro, y esto lo plasma en la película –acaso basada en su historia
personal- de una manera muy natural. Muestra a los niños como seres complejos
que perciben el mundo que los rodea de una manera diferente, más pura. La
infancia es la etapa donde los niños experimentan emociones nuevas; aprender a
convivir, a reír, a imaginar, a crear; pero también conocen el miedo y el
doloroso proceso de adaptación a situaciones que están fuera de sus manos. Sin
embargo, Miyazaki ve en la niñez la etapa donde se tiene mayor libertad, pues
los niños se apropian de todo aquello que ven en su entorno, haciéndolo parte
de ellos; esto les permite moverse en el nivel de lo fantasioso, donde se
permiten creer en fantasmas, espíritus y seres mágicos.
Pero sobre todo, el autor nos
muestra que los niños sufren y sienten temor. Para ayudarse a lidiar con esto, Mei y Satsuki
encuentran refugio en la naturaleza, en el bosque que está afuera de su casa;
un lugar que las acoge y las resguarda de las vicisitudes del mundo “de
afuera”. Ahí habita su peludo amigo Totoro, un espíritu que las ayudará a
luchar contra sus miedos. Una escena magnífica –quizá la más representativa de
la película- que ejemplifica esto es la de la parada del autobús; ahí Satsuki y
Mei se encuentran esperando a que su padre llegue de la universidad donde
trabaja, pero el camión parece estar retrasado, está lloviendo y cada vez
oscurece más; Satsuki se ve obligada a cargar a su hermana quien se ha quedado
dormida. En esta situación es inevitable que Satsuki empiece a sentir
desesperación y miedo de que su padre tal vez no llegue. Pero entonces aparece
Totoro a hacerles compañía, desapareciendo cualquier sentimiento de desolación;
y la espera se transforma en algo divertido y mágico.
Esta escena es cautivadora; con sólo
el sonido de la lluvia cayendo sobre el bosque, Satsuki ve por primera vez a
Totoro, quien se encuentra cubriéndose de la lluvia con tan solo una hoja de árbol, lo que resulta gracioso dado el tamaño de éste. Satsuki lo mira sorprendida; no hay
temor en su mirada, más bien admiración y la reafirmación de que Totoro es real.
La escena transcurre casi sin diálogos, Satsuki le ofrece el paraguas de su
padre y Totoro lo acepta sin saber bien cómo usarlo, después éste se divierte
haciendo caer las gotas de los árboles para escuchar el estruendo que hacen al
golpear con el paraguas. La noche, la lluvia, la quietud del inmenso bosque parecieran
crear un paisaje desolador, pero no es así, porque la luz de la lámpara cae cálidamente
sobre ellos, Satsuki tiene a Mei cargada, protegiéndola, como si fueran una
sola; y a lado está el gran espíritu del bosque acompañándolas en su espera. Ni
que decir de la entrada triunfal del Gatobús.
Mi vecino Totoro es entonces una metáfora de la infancia, donde se plasman todos
aquellos sentimientos que acompañan la vida de un niño. Se nos muestra a los
niños como seres sociales que se relacionan con su familia, vecinos y amigos;
pero que también encuentran un profundo vínculo con las cosas que los otros no
puede ver, con las cosas que son libres de imaginar. Los niños se manejan sin
prejuicios y eso les permite relacionarse con su entorno de una manera más
natural, casi primitiva. Es así que el autor nos hace acompañar a este par de
hermanas en el camino de su aprendizaje emocional, donde con la ayuda de Totoro
le hacen frente a sus problemas.
La complejidad de la historia radica
entonces en sus personajes, a los cual Miyazaki dotó de una bellísima
humanidad; son ellos los que nos trasmiten un mensaje de amor, respeto y convivencia.
Mei y Satsuki aprenden a ayudarse la una a la otra, son capaces de compartir y
creer en ese mundo maravilloso donde existen seres fantásticos. Ellas cuentan
con el amor de sus padres, quienes en lugar de frenar su imaginación la
incentivan. El autor nos muestra que la libertad se encuentra en aquello que
somos capaces de imaginar. Totoro existe porque ellas creen en él, y es a
partir de eso que está presente en su mundo.
Quiero que mi sobrino, cuando sea un
poco más grande, vea Mi vecino Totoro,
y que entienda su hermoso mensaje. Quiero que tenga la libertad de creer en
personajes como Totoro, el Gatobús y los duendes del polvo; pero ante todo
quiero que sepa que puede ser fuerte, sin importar sus miedos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario