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lunes, 4 de noviembre de 2013

Free!

Si me leen con frecuencia seguramente se han dado cuenta que mi estudio favorito, en este momento, es Kyoto Animation. Mis razones son bastante sencillas: sus historias me divierten e interesan. Podría dar otras, quizá más objetivas: sus trabajos, por ejemplo, se caracterizan por técnicas de animación de muy alto nivel, por el cuidado que ponen a la música incidental, openings y endings, fan service, etcétera. Lo más importante para mí, sin embargo, son las historias. Por muy cuidado que sea todo lo demás, si la historia no es atractiva, prefiero no dedicarle tiempo. No tiene que ser una historia profunda, con personajes complejos y reveses sorprendentes (que también disfruto mucho); a veces sólo deseo saber qué más va a pasar, corroborar, quizá, que va a haber un final feliz.

Ese es el caso de Free!


Lo primero que vi de esta serie fueron unos gifs que anduvieron circulando por Tumblr. En ellos se apreciaban varios personajes masculinos, el lance de uno de ellos hacia la piscina; nada muy claro. Luego vino el anuncio oficial: Kyoto Animation produciría la historia de un club de natación.

En otra ocasión señalé la tendencia constante de este estudio a valerse de los clubes de actividades extraescolares para construir su argumento. Ahí están, para demostrarlo: K-ON!, Hyôka, incluso Kyôkai no Kanata (de esta temporada). Son situaciones ideales. Un grupo de personajes, unidos por un fin común, viven una serie de cosas que fortalecen su amistad: aprender a tocar una guitarra, resolver misterios, mantener el orden universal; no importa.

Para los personajes de Free! es igual: mediante la práctica de la natación, que tan buenos recuerdos les ha creado, se acompañan en la vida. No obstante, aquí hay un elemento relevante: uno de ellos se ha separado del grupo. Persigue un sueño que no le es propio, al que se siente, sin embargo, atado. Es un excelente atleta, pero los fracasos, cuando los hay, pesan en su corazón como una piedra. Un propósito ajeno siempre es un peso muerto y en su terquedad, se vuelve incapaz de descubrirlo. Resiente a sus amigos, en particular a uno, que juzga talentoso, porque siente que no será comprendido, que ninguno de ellos podrá conocer cómo es, verdaderamente, su dolor.

Y, sin embargo, ahí están ellos, buscando cómo hacerse un lugar para ser libres, para ser quienes son, felices dentro de las aguas transparentes de su pequeña piscina. Acompañándose, que para eso es la amistad y esperando, también, el regreso de aquel con quien alguna vez probaron la delicia de la victoria compartida.



Free! es el primer trabajo de dirección de Hiroko Utsumi, quien ha desempeñado varias funciones para otros proyectos del estudio; y se transmitió entre julio y septiembre de este año. El inesperado éxito de este anime ha dado frutos: todo parece indicar que el próximo año habrá una segunda temporada.


lunes, 14 de octubre de 2013

Episodio Uno

Ahora que inicia la temporada de otoño y tuve oportunidad de ver algunos Episodios Uno, me sorprendí pensando en lo importantes que son. Se hayan o no generado expectativas mediante la publicidad previa, lo cierto es que el Episodio Uno es el primer contacto real que una nueva historia tiene con la audiencia. En él conocemos a los personajes principales, escuchamos sus voces, los vemos andar e interactuar. Se crean esperanzas.

No puedo decir mucho de lo que esta temporada nos depara, así que decidí escribir acerca del Episodio Uno que recuerdo con más gusto: Hyôka (Kyoto Animation, 2012). Primer día en la preparatoria, en un pequeño pueblo rural. Hôtarô Oreki y Satoshi Fukube discuten el lema del primero: Si no debo hacerlo, no lo haré; si debo hacerlo, que sea rápido. No es, de ninguna manera, que Oreki se crea por encima de las cosas como para prestarles alguna atención, es sólo que así es él, explica, prefiere llevar una vida en la que no tenga que resaltar. Sin embargo, impelido por su hermana mayor, ha debido inscribirse al Club de Clásicos y así prevenir su desaparición.

Sin otro remedio, Oreki se encamina a conocer el salón asignado al club. Espera que esté vacío, pues él es el único miembro inscrito. Sin embargo, al abrir la puerta, se encuentra con que dentro está una chica asomada a la ventana. Pronto, ambos se miran en un silencio que, de algún modo, resulta acogedor.


Y entonces, opening:



Apenas han transcurrido menos de cinco minutos de un episodio que dura cerca de veintiocho. Tiempo más que suficiente para notar lo cuidada que es la animación, lo detallado de los colores, la claridad del sonido que hacen las voces y las cosas, la belleza de la música incidental. Aún no sabemos de qué va a tratarse pero eso será resuelto en la primera mitad.

La chica se llama Chitanda Eru y desea inscribirse al club. Habiendo un inesperado miembro, Oreki decide que su presencia ya no es necesaria y se despide, recordándole que debe cerrar la puerta antes de irse. Entonces cae en la cuenta que él tiene la llave y que, cuando entró al salón, tuvo que abrir la cerradura. ¿Cómo es que ella ya estaba dentro? Los ojos de Chitanda brillan de curiosidad y, de alguna manera, envuelven a Hôtarô. Es menester resolver ese misterio.


Así descubrimos que estamos ante una historia de detectives. Una gran parte del encanto de los cuentos detectivescos está en el razonamiento que lleva a develar los misterios. En Hyôka, el proceso de pensamiento de Oreki se muestra gráficamente y en cada capítulo, con cada nuevo enigma, es diferente. El trabajo creativo que hay detrás de ello es magnífico.

Siempre me han gustado las novelas de detectives y Hyôka les rinde un cumplido homenaje. Oreki es un perezoso Sherlock Holmes al que, a diferencia de éste, la curiosidad que lo motiva no es propia sino de Chitanda y se manifiesta en el brillo de sus ojos. La animación también transmite efectivamente la sensación de ser envuelto por ella, empujado por su mirada. Una forma de amor incipiente, inconsciente.

Hyôka, dirigida por Yasuhiro Takemoto (K-ON!, Suzumiya Haruhi no Yuutsu), se transmitió entre abril y septiembre de 2012. Contó con 22 episodios (y uno extra). Las composiciones musicales que la ambientan corrieron a cargo de Kouhei Tanaka, Johann Sebastian Bach y Ludwig van Beethoven.


Extra: Esta temporada empecé a ver Kyôkai no Kanata, Coppelion, Golden Time y Arpeggio of Blue Steel. Tengo buenas expectativas.

lunes, 24 de junio de 2013

La Creación según Haruhi Suzumiya

La semana pasada leía a un filósofo discurrir sobre la Creación del Universo, en su sentido religioso. Decía, entre muchas otras cosas, que la interpretación hebraica hacía de este acto una retórica: el Universo fue creado a través de la palabra. Conforme leía, no podía dejar de recordar el episodio final de Puella Magi Madoka Magica, que va justamente de eso: al enunciar en voz alta su deseo —incluso inhala profundo antes de hacerlo—, Madoka hace recrear el Universo tan sólo para que todas las guerreras mágicas que la precedieron y aún las que la sucederían, no tornaran sus deseos en maldiciones. No quedaba claro, eso sí, en qué consistiría exactamente el nuevo orden y sólo queda esperar que la película, próxima a estrenarse en Japón, nos lo muestre.

El filósofo también habló de otra especulación: que Dios pudo haber creado el Universo en un momento de distracción. Estos momentos de descuido son un motivo clásico en muchas mitologías, basta recordar la historia de Aquiles. El mal —dice nuestro autor—, penetró en la Creación por un olvido, por un error de dictado, un acento diacrítico omitido. Como un lapsus de lo inconsciente. ¿Qué implicaciones tiene una Creación en estos términos? ¿Cómo sería la realidad si nuestro Creador fuera así, un ente todopoderoso pero distraído, inconsciente? Dado que son sólo especulaciones, podemos darnos el lujo de ensayar y para eso (para qué, si no) es que existe la ficción.

Si bien Madoka fue capaz de rehacer el Universo formulando su deseo en voz alta, otra chica; la impulsiva Haruhi Suzumiya lo hace —o puede hacerlo, nunca es claro—, sin siquiera saberlo.


La historia de Haruhi (Suzumiya Haruhi no Yuutsu) nos es narrada por Kyon, el chico que se sienta delante de ella en la escuela. El primer día de clases Kyon es testigo de cómo Haruhi, frente a todos, anuncia que sólo desea relacionarse con extraterrestres, viajeros del tiempo, personas que pudieran tener poderes mágicos o cualquier otra cosa en esa línea. No bromea. Kyon se interesa en ella por razones que no le son del todo claras (y ella en él, por supuesto), y su asociación da lugar a la formación de un club sujeto a los erráticos designios de Haruhi: la Brigada SOS, cuyo objetivo es, según ella, erradicar el aburrimiento del mundo.

Tampoco es broma. Si Haruhi desea con tanto ahínco relacionarse con seres extraordinarios, es porque está harta de la gente común; pensar en la futilidad de la vida le hace sentir un profundo hastío. Haruhi se siente impresionada por lo terriblemente ordinaria que es la vida de todos cuantos la rodean y desea que la suya esté llena de emociones y experiencias divertidas; de significado.

Lo que no sabe es que, aparentemente, tiene el poder de hacer y deshacer el mundo a su gusto y placer. También ignora que a su alrededor revolotean personajes extraños que la observan cuidadosamente; para éstos ella es el misterio más grande, el centro donde todo confluye. El potencial de modificar el mundo según sus deseos la convierte en algo cercano (si es que no), a una diosa; en cuyo caso no se puede estar seguro de que existiera algo antes que Haruhi, ni tan siquiera que los recuerdos más inmediatos de uno mismo realmente lo sean. Desde luego, no podría pasar inadvertida.

La Melancolía de Haruhi Suzumiya juega con estos grandes problemas filosóficos de una forma un tanto caótica y particularmente entretenida. No es una serie cómica pero tampoco solemne: abundan en ella los momentos chuscos, situaciones inquietantes de suspenso y aventuras cotidianas. Además, Kyon es un narrador estupendo, que trata con desesperación de mantener la cordura ante la perspectiva de que el Universo mismo deje de existir (o se transforme radical e inadvertidamente), por el berrinche inconsciente de su encantadora compañera de estudios.

Basado en las novelas de Nagaru Tanigawa y dirigido por Tatsuya Ishihara (Clannad, Chuunibyou demo Koi ga Shitai!, K-ON!), el anime consta de dos temporadas que, en realidad, son una misma. La primera se estrenó en 2006, con 14 episodios transmitidos en desorden, y abarcaba La Melancolía, los Suspiros y El Aburrimiento de Haruhi Suzumiya, las primeras tres novelas. La segunda temporada, también de 14 episodios, se estrenó en 2009 (junto con el reestreno, ahora sí en orden cronológico, de la primera temporada) y consiste en eventos no vistos de esas mismas novelas. En 2010, Kyoto Animation estrenó La Desaparición de Haruhi Suzumiya, película basada en la cuarta novela de la saga.


(Hare Hare Yukai, ED de la primera temporada).

lunes, 7 de enero de 2013

Kyoto Animation y por qué voy a ver «Tamako Market»

Las series producidas por Kyoto Animation usualmente pueden identificarse en la categoría slice of life. Sus personajes son, regularmente, adolescentes entre los 15 y los 17 años, viviendo la época que muchos añoran como la mejor de su vida. Una edad de diversión e inocencia. De amor y amistad. Estoy seguro que si se recurre a ese momento con tanta frecuencia obedece no sólo al público que buscan sino también a las ventajas que ofrece para contar historias.

Los adultos se normalizan. Asumen su lugar en el mundo con todo lo que implica: sus horarios, sus compromisos, sus rituales. Se sistematizan. Casi es cliché decirlo pero, por su lado, los adolescentes aún están en el momento de la definición de sí mismos, el momento de ensayar.

Imaginemos entonces a un chico (Chuunibyou demo koi ga shitai!, 2012) que, durante la secundaria, se toma muy en serio una fantasía. En ella, él es el portador del Fuego Oscuro, The Dark Flame Master. Hace dibujos, escribe historias, usa ropa de acuerdo a la investidura que representa. Se sabe especial y así lo manifiesta.

Claro que, un chico con estas características, es identificado por sus compañeros como, por lo menos, un bicho raro. Tres años le tomó deshacerse del personaje y reconocer que sólo es Yuuta Togashi, un adolescente común. Porque, naturalmente, ahora desea tener amigos. Incluso, por qué no, regresar de la escuela a casa en compañía de una chica. Eso es algo que está fuera del alcance de The Dark Flame Master.

O eso creía.

En su nueva escuela hay una chica que también es especial. Es de baja estatura, pelo corto y usa permanentemente un parche en el ojo derecho. No es que esté enferma de algo, es que debe mantenerlo oculto porque, de lo contrario, se liberaría el poder de The Wicked Eye, del que ella, Rikka Takanashi, es portadora.

He ahí el punto de partida. Pero, si atendemos a lo que decía al principio, ¿qué significaba para Yuuta ser The Dark Flame Master? ¿Qué es The Wicked Eye para Rikka? Detrás de la fantasía hay una verdad que se oculta.

(Rikka y Yuuta, Chuunibyou demo koi ga shitai!)

En otro lugar (Hyouka, 2012), Houtarou Oreki trata de mantenerse fiel a la máxima que gobierna su vida: «si no debo hacerlo, no lo haré; si debo hacerlo, que sea rápido». Afortunadamente, tiene la inteligencia para llevar adelante una vida tranquila sin resaltar demasiado y no parece que haya nada capaz de moverlo en otro sentido.

Excepto que tampoco es así.

A Houtarou lo espera una dulce colisión con la bella, ingenua y llena de curiosidad Eru Chitanda. Como tendrá oportunidad de comprobar, la sola insinuación de interés mientras lo mira con sus profundos ojos es suficiente para hacerlo sentir como envuelto en una enredadera de flores, en un sueño. Mucho más allá de cualquier intento de racionalización.

(Houtarou y Eru, Hyouka)

¿Qué nuevas aventuras nos deparan las series que producirá este estudio? Bueno, esta semana se estrena Tamako Market. No sé de qué trata. Sólo sé que su protagonista es una chica adolescente que hace su vida en un sector comercial de alguna población japonesa. Y que en ella está el trabajo del equipo que desarrolló K-ON!

Por supuesto que la veré.



lunes, 8 de octubre de 2012

Una tarde en Kioto

El año pasado estuve dos semanas en Japón. Aterrizamos en el aeropuerto de Narita el sábado 3 de diciembre. Ese día, supimos después, se estrenaba en los cines la película de K-ON!

Con esta imagen había toda clase de publicidad en la ciudad

Tengo una relación especial con K-ON! Su premisa es sencilla y atractiva: Yui, que nunca en su vida había formado parte de ningún club, se une a otras chicas de su preparatoria y organizan una banda «de música ligera». Sonaba bien para mí, que hace años tuve una banda con algunos amigos. Buenos recuerdos.

La primera temporada se transmitió durante la primavera de 2009 y en esa época yo trabajaba atendiendo crisis de ansiedad por teléfono. Tenía a mi cargo la guardia nocturna de los jueves y justo en esas noches coincidía que se podía encontrar el capítulo de cada semana. Es de esas series que, aunque tienen un planteamiento, realmente no se tratan de nada. Son sólo cosas que pasan, pero que, de alguna manera, tienen la facultad de poner al espectador de muy buen humor. Acompañado de K-ON!, la aburrida guardia nocturna se hacía mucho más llevadera.

La segunda temporada se estrenó algunos meses después, ya en 2010. Para entonces yo pasaba por una etapa difícil que terminó con la exclusión quirúrgica de uno de mis riñones. En ese tiempo, parte de mi rutina era ir a consulta al hospital frecuentemente, hacerme repetidos estudios e ir previendo la inminente cirugía. Mi humor no era el mejor pero igual, semana a semana, podía ver un nuevo episodio de K-ON!! (con dos signos de admiración, ahora) y olvidar por poco más de veinte minutos, que lo estaba pasando mal. Lo demás es historia.

Durante el viaje, nos dedicamos a recorrer todo lo que pudimos de las tres ciudades principales: Tokio, Kioto y Osaka. Claudia y Gabriel trataron de convencerme desde el primer día que buscáramos tiempo para ver K-ON!, y yo me negaba, alegando que no íbamos a entenderla y que, en todo caso, no habíamos ido tan lejos para meternos en una sala de cine.

El famoso Pabellón Dorado, en Kioto.

El último día que estuvimos en Kioto lo hicimos sin ningún plan en mente. Sólo queríamos caminar insertos en la cotidianidad de esa ciudad que tanto nos había gustado. Nos subimos a un autobús cuya ruta llevaba al oriente de la ciudad, bajamos en cualquier lugar y caminamos indefinidamente por sus calles. Vimos un par de templos, compramos dulces y otros souvenirs, recorrimos uno de esos largos pasajes comerciales. Había sido un día extrañamente sincrónico: desde la estación de Shinagawa, en Tokio, tomamos el tren bala que parecía sólo estar esperándonos; ya en Kioto, encontramos cada autobús que usamos en el momento justo en que iba a partir, cuando tuvimos hambre hallamos un restaurante de fideos chinos a pocos pasos (otros días habíamos sufrido por ello) y, finalmente, dimos inadvertidamente con una sala de cine que proyectaba K-ON!.

“Está bien –les dije, como retando al sortilegio–, si la película empieza en no más de quince minutos, la vemos”. Me preocupaba que termináramos muy tarde y no alcanzáramos el último tren a Tokio. Empezaba en diez. Como pudimos, le explicamos al dependiente que queríamos tres boletos y él nos advirtió –en japonés– que la película estaba totalmente en japonés (¿?), suponemos que para confirmar si eso no iba a ser un problema. Tan amable, él. Pagamos, compramos palomitas y refrescos y la vimos. Reímos mucho. También la audiencia, compuesta mayoritariamente por adolescentes, aunque ellos lo hacían breve y discretamente y no a carcajada batiente, como nosotros. Era cierto que no entendíamos los diálogos pero las situaciones eran tan claras y los personajes nos eran tan familiares que el idioma prácticamente no pesó.

Salimos y, siguiendo esa peculiar dinámica del día, el autobús parecía estar esperándonos para llevarnos a la estación de Kioto y un nuevo tren bala estaba disponible en cuanto llegamos para devolvernos a buena hora a Shinagawa.
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