Mostrando entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de agosto de 2014

Saga de las hormigas quimera, Hunter x Hunter


Hay sucesos en la vida que son invisibles a los ojos en el momento que ocurren y solo se revelan hasta pasado un tiempo en el que vuelven a manifestarse como clave para un proceso caro al espíritu.
El final de la saga de las hormigas de Hunter x Hunter es un buen ejemplo. Cuando lo vi supe que era algo impresionante. El día de hoy descubrí que, además, esa historia se ha convertido en una representación íntima del honor, y por tanto, en un referente desenfadado al cual volver cuando necesito recordar el sentido del honor.
Soy una clavada. Supongo que esto es ser otaku y aceptar la ficción como realidad.

*   *   *

La saga de las hormigas (la cual finalizó hace un par de semanas) plantea el siguiente escenario: entre las hormigas quimera ha nacido un ser supremo. Un rey seleccionado por ley natural.
Las habilidades intelectuales y físicas de El Rey son inalcanzables para cualquier otro ser vivo en el mundo. Los humanos, de no hacer algo, están destinados a la esclavitud, por decir poco; en realidad están condenados al exterminio frente a una fuerza depredadora superior. Y sin embargo, las fuerzas defensoras de la humanidad comandadas por Netero sama han de sacrificar su vida en la batalla por todo tipo de motivaciones emocionales que poco tienen que ver con el bien de la humanidad. A su vez, también parecen llamadas por el destino, sus vidas están enlazadas con la existencia de El Rey.
La manera en que se narra esta batalla, en lo abstracto, se parece mucho a la épica de un tablero de Go, de Ajedrez y de Gungi:
Estrategia. Movimientos. Disposición del tablero. Interpretación. Anticipación. En la batalla final converge la historia de toda la humanidad. Es imprescindible que luchen aquellos que poseen lo mejor que hay en el guerrero humano. Los más iluminados a pesar de sus dilemas, del signo que los rige. En esta batalla se requiere de profundas meditaciones llevadas a la práctica simultáneamente.
Dicha condición de relatividad entre el pensamiento y los hechos es una delicia en la forma narrativa que adopta Hunter x Hunter…
Una vez dispuesto el tablero, el campo de batalla y sus condiciones, no hay que perder de vista que El Rey no es un símbolo fijo. Sus abrumadoras habilidades de aprendizaje al interactuar con las emociones humanas terminan por “contaminarse” y, entonces, se revela que aunque su naturaleza es la del gobernador absoluto también es un ser piadoso, capaz de amar. El Rey no nació humano, pero el desarrollo de su personalidad lo transforma en algo humano. De cualquier forma esta faceta de El Rey se manifiesta hasta después de haberse definido el curso de la batalla, cuando los hechos ya se han consumado y es irrelevante para el resultado material de las cosas.
De tal forma, la épica de Hunter x Hunter planta sus raíces en la transformación del ser, en el pensamiento filosófico: si en toda su perfección El Rey pudo reconocer el valor de las emociones humanas, ¿esto quiere decir que la clave de nuestra naturaleza evolutiva radica en los matices del corazón?

*   *   *

A media tarde caminaba por la calle cuando me dije a mí misma: “tienes que ordenar tu pensamiento bajo un supuesto de rectitud. El hilar de las ideas en tu mente debe de seguir un patrón, un cauce que desemboque en algo divino, ¿por qué habrías de soportar ser otra cosa, sin sentido, abrumada por el dolor y los deseos? Al parecer, cuando se guarda en el corazón el amor a Dios, no se traiciona la existencia. Todas las pruebas del azar toman forma ante el espíritu que ha encontrado una medida para la existencia. Así no se va a la deriva, y no se tiene miedo, y cuando quieres explorar más allá de los límites conocidos tienes una forma de encontrar la luz allá contigo a donde quiera que vayas. Como en Hunter x Hunter.”

*   *   *

El párrafo anterior probablemente solo tenga sentido para mí. Revela a qué grado la ficción es una realidad lúcida en los procesos que conforman mi identidad personal. Por otro lado, bien podemos pretender que es prueba de que Hunter x Hunter es una joya, anime que inspira al cambio, a la transformación.
Escribo este post semanas después de haber visto el final de la saga de las hormigas. Este tiempo es relativo, me parece que concuerda con el tiempo que tardé en siquiera poder observar y medio comprender la transformación de El Rey, aquél ser divino que evoluciona más rápido que yo y que cualquiera.

lunes, 30 de septiembre de 2013

DRAGON BALL, LA BATALLA DE LOS DIOSES (ドラゴンボールZ 神と神)



La siguiente reseña no contiene spoilers.
 
Esta es una película que puede ver cualquiera. No se trata de una exclusiva de quienes conocen la historia de Dragon Ball. Eso sí, quienes hayan seguido la historia desde niños -cuando estaba de moda- se reencontraran con un placer de antaño: anclas extrañas en el pensamiento de una mitología que, a casi veinte años de su transmisión por televisión, aún continúa en desarrollo.

¿Cómo le sienta el tiempo a una historia que no solo es vieja (su publicación comenzó en 1984) sino que, todavía más curioso, su producción no se ha detenido durante todos esos años? Este es un fenómeno tremendo; por encima de lo populares que se han vuelto las series norteamericanas en años recientes y el seguimiento anual al que obliga el estreno de sus temporadas, los consumidores de anime hemos experimentado desde hace mucho el apego, el acompañamiento temporal de una historia de ficción paralela a la vida. Sorprende pensar que el Goku que protagoniza esta película (La Batalla de los Dioses, Kami to Kami) tiene la misma edad que los espectadores que lo conocieron de niño, cuando ellos también eran niños.

Entonces, ¿qué sucede durante todo este tiempo narrativo y humano? ¿Cómo es que se mantiene viva una historia de estructuras tan simples (porque tampoco hay que mentir, sabemos que Dragon Ball gira a partir de una premisa que no hace más que repetirse una y otra vez: aparece un enemigo más fuerte que Goku, y Goku entrena hasta que lo derrota; aparece otro enemigo que de nuevo es más fuerte que Goku, y de nuevo Goku entrena hasta que lo derrota, etc.)? No sé, tal vez sea momento de aceptar que la vida también es simple en cuanto a sus patrones y que, por el puro hecho de envejecer, los retos o los enemigos también son más terribles cada vez.

Sin embargo, hay dos cosas que vi en la Batalla de los Dioses que, de igual forma, han sido una constante en Dragon Ball y que no por eso cansan o aburren en su repetición, al contrario, su presencia persistente juega a favor, es expansiva porque está en desarrollo, acumula eventos y crece con ellos.

Primero: la amistad. Además de Goku, la única que aparece a lo largo de todo Dragon Ball como personaje relevante (desde el primero hasta los últimos capítulos) y con apariciones clave, es Bulma. ¡Esos dos son amigos desde niños! Y, aunque Bulma ya está casada y tiene un hijo, el trato que tiene con Goku revela una confianza muy bella. Goku y Bulma, más allá de su desarrollo como personajes individuales, juntos son algo, juntos vuelven (una y otra vez, pase lo que pase) a la dinámica juguetona que tienen desde la primera vez que se vieron. No sé ustedes, pero a mí me refresca el corazón estar frente a una historia que cuenta una amistad tan larga, entre un hombre y una mujer que se quieren así, como compañeros.


Segundo: el orgullo. Los saiyayin -raza extraterrestre de guerreros a la que pertenece Goku- suelen tener como fuente y motivo de sus peleas al orgullo. Si bien Goku se enfrasca una y otra vez en batalla para proteger al mundo, la verdad es que aguanta bien los golpes y lleva su poder al límite por motivos personales. En la Batalla de los Dioses el orgullo de los saiyayin toma una nueva dimensión: no es que no pueda haber nadie más fuerte que los saiyayin, es que su camino es así, Goku siempre quiere ser mejor, siempre está dispuesto a aprender. Visto de esta manera, la derrota no está en la guerra, la derrota está en uno mismo: en la pérdida del orgullo.

No diré más, es suficiente con aludir estas dos dimensiones: en la historia ficticia florece la amistad y el orgullo madura, si eso -a la par- ocurriera en la vida de cada espectador, ¡vaya! tal vez sea más que suficiente como experiencia de vida plena.

Para cerrar, la verdad es que no es una gran película, ni novedosa ni imperdible, pero se le puede mirar con muy buenos ojos. En México, es la primera vez que veo anime en una sala de cine, lo cual me habla de la rentabilidad de la película: por fin, los espectadores de Dragon Ball llegamos a la edad en la que por medio de nuestro poder adquisitivo exigimos de vuelta nuestros caprichos infantiles, en pantalla grande y hasta con las voces del doblaje original.

Además, lo obvio, ¡cuantos recuerdos! Esta historia está enterrada lejos en la memoria de los que la conocen desde la infancia; y para los que no, su exotismo no carece de sentido. El autor de Dragon Ball, Akira Toriyama, es un hombre hábil e inteligente, ha podido mostrarnos cómo establecer asociaciones poderosas entre monos, extraterrestres, dioses, universos, planos dimensionales, planos temporales y entre la vida y la muerte.

P.D. Apunte para conocedores: La Batalla de los dioses corresponde a los capítulos del manga 517 y 518 (la década en blanco entre Dragon Ball Z y GT). Se trata de un relato dentro de la historia oficial de Dragon Ball sin ser un spin-off o una historia paralela.

domingo, 28 de julio de 2013

EL OJO ENTRENADO

Cada cultura se conforma de manifestaciones características y actitudes hacia la vida que se ven trastocadas por el tiempo y demás circunstancias. Siendo isla e idioma propio -entre otros tantos matices únicos-, la experiencia cultural japonesa ostenta una delimitación distintiva del entorno cultural.  

Los estudios culturales profundizan en lo que hay de diverso. También, en lo que hay de complementario. No se estudia una cultura pretendiendo encontrar en ella la mejor forma de comprender el mundo o exaltando por qué es superior a las demás. Estudiamos otras culturas para poner en perspectiva nuestra forma de pensar. Solo así, nuestra consciencia puede fluir más allá del ego y reconocer la multiplicidad del ser. 

De Japón se dice que durante su época medieval, la línea divisoria entre consciente e inconsciente, seres humanos y naturaleza, era muy sutil; muy delgada. Los sueños y la vigilia eran igual de importantes. Además, y este es un rasgo que de alguna manera perdura hasta nuestros días (al igual que los otros dos), a diferencia del cristianismo que considera a un Dios supremo y único, el panteón de deidades japonesas considera a múltiples entidades sin que ninguna de ellas se ubique en el centro o por encima del resto; un aspecto cultural que sugiere una forma dinámica y diversa en la forma de concebir el mundo y la forma de vivir. En Occidente, aún quien reniega de Dios o se autodenomina ateo dice no creer en Dios, no en los dioses. Y algo más, el análisis literario de las obras escritas en el medioevo revela una clara tendencia en su contenido a querer convencer sobre lo que es bello; no sobre lo que es bueno, como acostumbran otras mitologías. A diferencia de un pensamiento asentado en la culpa y los dilemas morales, la consciencia puede deleitarse en el placer; su enriquecimiento parte de un origen estético.

De igual forma, la relación entre el yo japonés y los otros resulta misteriosa; muy compenetrada en múltiples aspectos. Ejemplo: ¡Un hombre podía encontrarse consigo mismo a través del sueño de otro! Tal cual lo narra una historia de la época medieval: 

Se trata de un samurái que se convirtió en monje después de arribar a un pueblo en el que, la noche anterior a su llegada, uno de los habitantes soñó que el bodhisattva Kannon visitaría el pueblo al día siguiente. El hombre informó a todos sobre su sueño, y fue así que todo el pueblo trató al guerrero que pasaba por ahí como si del mismísimo bodhisattva Kannon se tratase (solo que bajo la forma manifiesta de un samurái). Al partir, el guerrero se dio cuenta: cierto, él era Kannon (o podía serlo). Dejó las armas de inmediato y se ordenó para convertirse en monje.

Como les decía, un hombre podía encontrar su verdadero ser a partir del sueño de otro... Aunque el mundo haya cambiado mucho desde entonces, la tendencia que interrelaciona el yo de los japoneses con los otros aún opera a un nivel subconsciente, día a día. La evidencia se haya en el uso de la palabra “yo”. Hay varios términos para nombrar a la primera persona del singular (como: watashi, boku, ore, uchi), la elección de uno de ellos depende enteramente de las circunstancias y del interlocutor al que se le habla.

Tener en cuenta algunas de las peculiaridades culturales de Japón desarrollará en buena medida nuestra experiencia como espectadores de anime. El breve listado en los párrafos anteriores resignifica la mayoría de las historias japonesas que conozco.

Por su parte, el mismo anime ha generado una serie de convencionalismos que proyectan la vida interior -el ser de los personajes- en forma de trazos visibles. El ejemplo más sencillo al que me puedo referir es al ki, aura o nen (distintos animes, distintos nombres y traducciones), el cual nos hemos habituado a ver como una luz humeante que recubre el cuerpo de los personajes. No se trata de un poder sobrenatural que expulsan como magia. Se trata de la energía vital fluyendo bajo control. Es la forma en que se representa la disciplina, el entrenamiento, las capacidades, y la determinación de un personaje. 



Recuerdo haber visto en algún anime que a los samurái los rodeaba un perímetro azul, una esfera de protección que los acompañaba en cada uno de sus movimientos. Cualquier persona que se atreviera a estar dentro de ese perímetro podía darse por muerta. Los samurái más fuertes poseían un diámetro mucho más grande porque, como si se tratase de un súper poder, ese círculo dibujado a su alrededor aludía al alcance de su espada, a sus movimientos elegantes y veloces, al filo de la katana; a la maestría. Entonces, no es un súper poder, es un camino. Es aprendizaje.

El anime no es un mundo aparte, creo que su vida interior (el mundo ficcional) nos pertenece tanto como su vida exterior (Japón).



lunes, 1 de julio de 2013

Imágenes en el tiempo


Pensar en la época en la que el cinematógrafo aún no existía me entusiasma. Me hace sentir curiosa. Como se trata de un tiempo previo al nuestro, es inaccesible a la experiencia y se torna especulativo por naturaleza. Entre lo poco que alcanzo a figurar de ese entonces es que todas las imágenes compartidas (a excepción del presente que capturan los ojos, de la realidad) eran estáticas. Nada se movía. Dibujos y pinturas congelados, encarnados en papel o piedra, tallados en madera, bordados en algodón, transportables, palpables; fáciles de quemar; de copiar; pero fijos. Las películas no existían aún y, a excepción de los sueños, en la imagen no había tiempo para ver los impulsos y las trayectorias.

Cuando pienso en esta época sin ilusiones de luz y sombras, me gusta imaginarla en Japón. Una vez más, la condición insular japonesa funge como un filtro de particularidades exquisitas. El primer film japonés visto con éxito en el cinématographe, en 1897, mostraba conocidas panorámicas de la ciudad de Tokio, entre ellas, el puente Nihonbashi; por su parte, el primer comercial jamás filmado, 1898, constaba únicamente de las tomas centrales de tres geishas bailando. Si bien había movimiento al interior del encuadre, era como si a la cámara no le gustara desplazarse y confundir aún más las cosas. En Japón la tradición teatral era tan fuerte que, en un principio, el nuevo arte cinematográfico introducido al país no conseguía imaginar convenciones dramáticas propias. Por los próximos diez años, la mirada del cine permaneció así, como la de quien mira un escenario. De alguna manera el peso de las artes antiguas retrasó la formación de una gramática específicamente cinematográfica.

Pero volvamos a aquél tiempo sin cine.

Por supuesto, en las representaciones pictóricas de dicho tiempo hay un sinnúmero de trabajos que atendiendo a la dinámica de la composición, la profundidad y las intenciones del dibujo, son perfectamente capaces de enunciar acciones, principios y desenlaces en lo capturado. Los mándalas, que son parte fundamental del imaginario budista, son un ejemplo magnífico de una trampa que obliga a dinámicas móviles; al tratarse de conjuntos de figuras y formas geométricas concéntricas, si bien pretenden ser fuente de concentración y focalización de la mente, su constitución concéntrica (de equidistancia con respecto a un centro) evoca el eterno retorno de los ciclos de la naturaleza: ahí hay movimiento. De otro tipo, pero las imágenes se mueven.

Ahora, el arte japonés (en una generalización bastante irrespetuosa) se conforma principalmente de imágenes bidimensionales, como las del anime. Tengo esta teoría meramente intuitiva en la que gracias a esas formas planas, pero realistas, fue más fácil generar transiciones animadas. Desde hace casi más de un milenio, en el periodo Kamakura (1186-1340) los japoneses producían rollos de papel con dibujos de animales vestidos como humanos y realizando actividades en sociedad y cultura. La idea era que, mientras el espectador los iba desenrollando, una historia fuera contada a partir de cambios cronológicos en el dibujo.

De igual forma, el anime japonés es el resultado de tomar una serie de imágenes bidimensionales individuales y articularlas en una secuencia transitiva de manera tal que den la impresión de movimiento continuo. Así es como la animación se vuelve una herramienta especialmente apropiada para visualizar información. Para representar el cambio en el transcurso del tiempo; para representar la causalidad; para señalar todo acto que exprese un flujo comunicativo. Como lenguaje narrativo acompañado de un número inacabable de metáforas y formas retóricas.

Así es como imagino que hace tiempo, cuando el cine no existía, gracias a la animación era posible la representación del cambio; así se introducía en la ecuación de la cultura material al tiempo. Pero no debemos de dejarnos engañar, dicho movimiento no existe en la realidad. Es sólo una ilusión de movimiento. Una ilusión grave, como aquella que acaece notoriamente en la estrecha relación que tienen el anime y los mangas. Estos últimos llegan a compartir las mismas historias y, aunque las imágenes del manga son estáticas y las del anime no, los espectadores saben que ambas se mueven porque justo eso es lo que significa una imagen animada o un personaje animado: movimiento. Vida.


domingo, 28 de octubre de 2012

Siempre es hoy


Escribir en este blog se trata de tomar decisiones. Y la primera de ellas siempre es una elección: de qué anime voy hablar. Hay tantos. Además, no sólo se trata del anime en sí, sino de su persistencia en la memoria, o en todo caso, de ser un anime de actualidad -ya sea porque se encuentra en transmisión o porque lo acabas de ver-. Hoy, por ejemplo, el dilema está entre hablar de lo que recuerdo y lo que vivo; entre un pasado oscuro e incomprensible o especular acerca del futuro prometedor.

En la primera opción están Serial Experiments Lain (Ryutaro Nakamura, 1998), Ergo Proxy (Dai Satō, 2006), Witch Hunter Robin (Shukou Murase, 2002) o Paranoia Agent (Satoshi Kon, 2004). Estos cuatro animes tienen en común la muerte, el suicidio, un misterio y el internet. También, existe la sospecha de que se está construyendo una pesadilla, un déjà vu del cyberpunk japonés.

Son el tipo de anime que mientras lo miras te absorbe por completo -aunque no entiendas muy bien que está pasando- y que, al final -si logras llegar al final-, te deja flotando bajito en la burbuja de la incomprensión. Incomprensión que permanece. Y permanece. Porque con una brecha de diez años puesta entre ellos y el presente, aún se puede encontrar ese degusto oscuro en la memoria. Esa duda bien asimilada de no saber qué pasó. La aceptación incluso de que de eso se trataba (¿no?). A estos animes les acomoda bien el pasado porque su naturaleza es la del sueño, más sentimiento que hechos congruentes; grietas singulares y extrañas de la memoria.

Vaya pues, son un perpetuo desencuentro, incomprensible e indiferente al corazón. Son más afines a la mente; con toda esa influencia filosófica en derredor de lo real, lo inmaterial, la identidad... Son como una polaroid de lo que queda cuando hay humanos pero no hay amor.

¿Por qué alguien querría ver estos animes y hablar de ellos? No lo sé. Pero ahí están. Un pasado oscuro, ¿quién no le va a entrar?

Ahora bien, el futuro prometedor, hermano inmediato del presente (la palabra inmediato pocas veces tiene tanto sentido como en la frase anterior) tampoco se puede evitar. En estos días he estado viendo Tonari no Kaibutsu-kun (Robico, 2012), que me recuerda a Kimi ni Todoke (Karuho Shina, 2011), Bakuman (Tsugumi Ohba y Takeshi Obata, el mismo equipo que hizo Death Note, 2012) y a Nodame Cantabile (Tomoko Ninomiya, 2009). Las fechas que anoto aquí no son de su estreno, sino de sus finales, son animes recientes. Contemporáneos y muy populares. Que vienen felices, llenos de esperanza y de cariño.

Por ejemplo, hay que ver Kimi ni Todoke para aceptar que aún no te has amargado. Que todavía quieres conocer a alguien especial y tener nuevos amigos. O Nodame Cantabille para asumir que aún conservas sueños que quieres cumplir, que te apasionan. Es el presente-futuro. Un deseo de hoy para mañana.

Cuando empiezas a estudiar japonés, a manera de consuelo te dicen que solo hay dos tiempos verbales, el pasado y el futuro. Obviamente, eso no es verdad, el japonés tiene una gran cantidad de matices para indicar el tiempo en el que suceden las cosas, su continuidad, los actos consecutivos y causales, lo que afecta tus días antes o después de que éstos sucedan o se vayan. Bueno, debo aceptarlo, si hay algo de cierto: la conjugación básica es así, pasado y futuro nada más. De esta forma, para hablar del presente hay que hacer uso del futuro. Es lógico de hecho, porque están pegados, el presente es un monstruo que devora la consciencia de la vida futura. ¿Muy real, verdad?

Como podrás ver, la decisión de la que hablaba en un principio no es una elección sencilla: ¿de qué anime quieres hablar? se traduce a un bonche más de preguntas concatenadas: ¿cómo te sientes hoy? ¿qué historia quieres que te acompañe en estos días? ¿aún guardas esperanza? ¿te has desvelado últimamente? ¿crees que el enojo es una emoción sincera o sólo la tímida respuesta que los corazones frágiles utilizan para alejar el dolor? ¿pasado o presente-futuro, qué eliges?

En fin, ve Tonari no Kaibutsu-kun, por el momento, es mi recomendación más honesta. Está en transmisión, el martes 30 de octubre se estrena el capítulo 5, no parece que vaya a ser una serie larga (calculo doce capítulos). Su estilo es romántico pero gracioso. Haruka Tomatsu hace la voz de Shizuku Mizutani y es muy graciosa; la entonación de su voz es muy particular. Me hace sentir como colegiala enamorada.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...